viernes, 3 de agosto de 2012


UN RECUERDO QUE SABE A VINO

Aquella noche debía volverse a entregar a cambio del sucio dinero. Se desnudó frente a mí pero quede inmóvil no sé si ante su espléndida belleza o ante la lentitud con la que el tiempo pasaba. Era imposible que sin conocerme, estuviera ofreciéndome lo mejor de ella. Tal vez, de repente, nuestras miradas se encontraron; la besé con los ojos y ella me desnudo con su cálida mirada.
Era yo quien exigía, ahora, que ese seductor silencio que nos había atrapado jamás terminara. Le susurre entre lágrimas  que quería amarla de otra manera, que quería que fuera mía esa noche, esa vida. La tome por la espalda, le di un último beso apasionado en el cuello y suavemente le subí la cremallera al vestido rojo que llevaba puesto. Le ofrecí un vino y brinde por ella y por esa noche. Estoy seguro que esa no era la mejor manera de amarla, se merecía mucho más, sin embargo mi única prueba de amor sincero hacia ella era que esa noche hiciéramos de todo, menos el amor. No merecía que otro tipo viniese a alucinar con su cuerpo como si fuera un carro de colección. Yo…yo no sé hasta qué punto la merecía. Sus labios me habían rozado el cuerpo y con ello el alma, pero me bastaba porque estaba siendo feliz teniéndola en frente mío, así: preciosa, sin maquillaje, con un carmesí sutil en sus labios y con un vestido rojo tan decente como lo era ella misma.
Cómo nunca antes lo había hecho, le prometí que al día siguiente intentaría olvidar su nombre y le hice jurarme que ella olvidaría el mío. No nos necesitábamos, no había sido una noche de sexo pero había sido una noche de amor. El vino que sus labios habían probado esa noche y por el cuál jamás le había hecho el amor, sería el recuerdo eterno y nostálgico de ese encuentro tan furtivo pero tan fantástico que el destino nos había permitido
tener.

Mi recuerdo, al igual que el suyo, tendrían ahora un sabor a vino mortal.

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